siempre he tratado de huir de los sonetos, me refiero a los de métrica tradicional (cuatro cuatro, tres tres), no por despreciar la forma clásica (contrariamente me reviste cierto respeto absolutista), empecé a escribir en verso libre casi de forma natural. En muchas ocasiones me vi versando con médida, aún sin proponermelo, ese cierto ritmo creo que se me arraigó en la voz luego de leer a San Juan de la Cruz. Por ahí, casi como un pecado, tengo algunos sonetillos escondidos y a fuerza de remascarlo, nacio este poema endecasílabo, claro también y lo admito, “Piedra de Sol” de Paz tuvo cierta responsabilidad.

Una compañera acostumbrada a cierta poesía me dijo que no entendía el tema y le dije que cerrara sus ojos a la razón y escuchara la música que otorga el endecasílabo, no sé si lo entendió pero asintió y se resistió a usar otro argumento. Sigo creyendo que la poesía es un ente vivo y casi siempre nos llevá a donde quiere ir, a esto me trajo esta noche.

I
La poesía poseía una luz

Un dolor verde ciego y fluorescente

Polvo, fiebre, oscuridad, fuego, carbón
Ahí el azul marino en que abreva
en el mar que inventaron aves tristes
arde añil como la antorcha en la mecha
como en la mecha azul, en el combustible.

Arden agrestes guerreros de Roca
arden gritos desde un eco lejano
desde el fondo de un pozo infinito.

Decir naufragio, decir luminoso

animal-costilla, piedra partida

hueso de la memoria, hueco del mar.
Decir anima, sal, ballena, coral
Decir sé que eres infinita. Así:

Infinita nadas en el estanque
Infinita vuelas en los arboles
Infinita trozo de hierba, flores
Infinita transparente, luz austral
absorto reptil etéreo, lámpara
Acuarimántima, imagen sepia

Adivino rasguños y no encuentro
nada más vivo que no sean los rastros
de antiguos animales domésticos
muertos, sólos, vacío y ternura.

No encuentro nada más que aquellas mudas
palabras desangrandose en las sombras
un pequeño escenario de reptiles
cadáveres putrefactos, ángeles
diminutas bestias del paraiso.

Ensayo sobre lienzos perfumados
estos orines, cercos, soles pétreos
con un furor mineral en las manos
que señalan todo como desde la
otra habitación, aquí, otro espejo.

II

Mis dedos hambrientos planean saltar
al abierto mineral de la herida
de la que más brotaban las palabras
Una sobre de otra, hojas de sal

Sobre las cicatrices, en la roca
los abiertos órganos tibios, blandos
a merced de las larvas del olvido
tibios, diseccionados, limpios del mar
sólo sucumben al básico instinto
de su propia diminutez animal

Ignoran el delirio del insecto
que se eleva sobre la superficie
y desde el propio ser, como es: húmedo
la respuesta a su misterio físico.

Otras son, venas arrastrando savias
como fieras ansiosas de música
abren sus fauces y la encuentran tierna
la fruta resplandeciente, en el centro
de su propio líquido primigenio.

(Agosto de 2009)