Otro cuentecito de amor
Tampoco podía negarlo, una niña que corría y caía gritando en la playa, su pie izquierdo contra una espina en la arena, años después una preadolescente que lloraba con un hilillo de sangre escurriendo entre sus piernas, aquellos recuerdos dolorosos pervivían latiendo en su memoria, el dolor de aquella herida en el pie y el de su primera menstruación, ambivalentes, sumergidos en el abstracto de su desorden.
A la espina de Rebeca sobrevivió una pequeña molestia que la hizo cojear por meses, su tío el doctor dijo que no era necesario abrir la herida para sacar los fragmentos, esos dolores, le explicó, con el tiempo desaparecerían en uno de aquellos milagros que los médicos entienden como orden natural. El dolor se aleja, su cuerpo absorbería el calcio de la espina, era una niña entonces, nadie le dijo que el otro dolor no, el de convertirse en mujer, ese no se va.
Años después, mientras retozaba desnuda en la habitación de Fernando, le contó mucho de estos recuerdos que ella llamaba “sucios”.
FERNANDO
Yo no respondía, para evitar interrumpirla, me gustaba esa magia en su gesto serio.
—Todavía siento el dolor de la menstruación pero no quedó nada de aquel de la espina, y lo extraño, como si ese pedazo de mar al desaparecer en mí, también hubiera dejado la maldición de sentir más que todos, por esto me duele más todo. ¿Me entiendes? —decía—.
Tampoco podía negarlo, era difícil, muchas veces fuimos amantes luego más amigos, más gemelos, más estúpidos y más niños, tampoco podía negarlo, era muy difícil poseerla, como si quisiera tomar el agua en las manos, no para beberla, para poseerla simplemente, observarla mientras sabía que no pasaba mucho tiempo antes que se escapara, era difícil aún para ella, era difícil, muy difícil.
Tomaba el cigarrillo como si cuidara un capullo delicado en sus manos, igual que cuando tocaba mi sexo. Yo sentía el calor de su cuerpo acumulado en sus dedos, la sangre en fuga agolpándose en las sienes cuando me tocaba, me veía a los ojos como preguntando algo que no alcanzaba a pronunciar, algo a lo que yo tampoco tenía una respuesta.
La primera vez que le di un beso ella tenía 17 y yo 22, la veía entonces todos los días al llegar al edificio donde vivíamos. A los 22 yo me sentía mucho mayor que una niña de 17, pero ella era especial, no se comportaba como una adolescente, su cuerpo era la de una niña y su gesto la de una mujer, la diferencia estaba en sus ojos, tenían la claridad de la infancia, no digo inocencia, más bien una inteligencia sutilmente superior a las chicas de su edad y de mi edad, la recuerdo cogiendo la colilla del cigarro como una experta, oculta en un rincón de la escalera para evitar que su tía la descubriera fumando, yo buscaba su mirada y sonreía, ella me contestaba con una seña obscena.
No puedo saber en qué momento empezó a meterse en mi vida, la empecé a soñar como la Lolita de Nabokov que nadaba desnuda en mis sábanas, pudo ser esa asociación literaria con la Lolita, tampoco era que me sintiera como Humbert ese viejo profesor enamorado de su hijastra, sabía que era chica pero no tanto para mí, 5 años de diferencia no eran mucho, era algo más gris que por alguna circunstancia me hacía tener la certeza que ella podía llegar a ser la mujer parada en la esquina de mi locura.
Esa noche me senté en el tercer peldaño cerca de la puerta de su departamento, encendí un cigarro como en un secreto rito para llamarla, abrí un libro de poemas, no pasó mucho tiempo para que se presentara arrastrando los pasos detrás mío, se acercó y me pidió un cigarro, le dije que el que tenía en mis dedos era el único pero que le convidaba, ella aceptó, con la condición que nos sentáramos un poco más abajo, justo fuera de la vista de su tía.
Accedí con una sonrisa, ella me vio con unos ojos nuevos, le dí el cigarro y aspiró el humo lentamente, entonces supe que ese secreto ya nos unía para siempre.
Le pregunté si aceptaba que leyera en voz alta, no me respondió, sólo sostuvo la mirada en un abierto reto mientras yo recitaba a Bukowski. Me deslizó luego el cigarrillo en un inter hasta mis manos y yo metí el humo a mis pulmones.
—¿Quieres el humo de mi boca? Pregunté.
Ella contestó con la cabeza y los labios. Sí.
Y yo la besé.
REBECA
Casi no puedo acordarme del rostro de mi madre, yo tenía 5 años cuando ella murió, la tía se hizo cargo de mí entonces, Valeria su hija, nunca logró reponerse de la muerte de su prometido a los 25, nunca se casó, ni siquiera tuvo amantes o novios, me daba tanta pena ver su rostro mortificado, todavía no sé qué hizo con todo el dinero que ganaba, le daba miserias a su madre y apenas vivíamos bien en el departamento. Cuando decidí abandonarlas para irme con Fernando le escribí algunas líneas.
Me das tanta lástima Vale, te mereces a la bruja de tu madre, te mereces toda esta miseria que te propinas para ti, yo no creo haber nacido para que me arrastres a tu porquería de vida, por eso me voy.
Todavía sonrío cuando intento imaginarme sus caras al leer mi carta, yo era una chica loca de 18 años que había tenido sexo con Fernando, tenía tantas ganas de volar, Fernando era el único que podía ofrecerme algo distinto, no mucho quizá sólo podía abrirme la ventana, volar era mi asunto.
Fernando estudiaba medicina, era inteligente, yo sabía que alguna vez iba a ser alguien en la vida, por otra parte me embrujaban sus ojos, su manera de tratarme y como iba y venía por el mundo sin darle cuentas a nadie, también era huérfano de madre, su padre le depositaba una cantidad de dinero mensual pero él prefería trabajar además de estudiar, era aplicado y le dejaban quedarse en la facultad a limpiar los laboratorios, esa fue su manera de sobrevivir todos esos años.
Recuerdo cuando me ofreció un cigarro y lo fumamos juntos, me besó y yo quedé encantada por su beso, esa noche antes de entrar a su departamento me enseñó donde dejaba escondida la llave, yo no esperé mucho y a la noche siguiente me metí a su cuarto cuidando que mi tía no me descubriera, dejé que me desnudara pero no hicimos el amor todavía, yo estaba maravillada con el descubrimiento de su cuerpo.
Fernando luego me confesó que había sido abandonado por su madre, ella moriría en Italia muchos años después en un accidente automovilístico cuando viajaba con uno de sus amantes, yo bromeaba con él acerca de eso.
—Así que eres un auténtico hijo de puta.
Él no se ofendía pero si dejaba ver su tristeza.
Años después, cuando supe que se casaría con la hija de su director le escribí una carta que nunca me atreví a enviarle, solía visitarme en el bar, platicábamos pero ya nunca hicimos el amor aunque yo moría porque sucediera, me gustaba la manera en que callaba para escucharme, luego de él no me acuerdo haber hecho el amor con alguien.
—Tú no deberías estar aquí, ni yo, debimos haber nacido en siglos distintos, no me arrepiento de haberte conocido pero de alguna manera si hubiera podido evitarlo lo hubiera hecho sin duda. ¿Me entiendes Rebeca?
Y yo lo entendía tanto, quizá igual debí ignorar su mirada en aquellos años, debí aguantarme las ganas de tocar sus brazos y su sexo, debí guardarme otras experiencias con él, enamorarme quizá, como se enamora cualquier pinche niña en el mundo. ¿Cómo se llama esta mierda de amor que me tocó sentir? ¿Te imaginas?
Ahora mismo quemaré la carta que nunca le entregué cuando supe que se casaría con su novia Beatriz.
Fernando no lo sabes, pero pienso mucho en ti y estoy segura que tú de mí piensas algunas cosas equivocadas, por ejemplo sé de cierto que aseguras que nunca te quise y tal vez tengas razón en algo, yo era una niña que descubrió que tenía todo para salir del agujero en el que había nacido, y sé que te usé en mis propósitos pero eso no me exenta de haberte amado, te amé intensamente cuando me convertiste en la mujer que soy o tal vez no sé, quizá no, no te amé entonces, aún ahora es difícil saber si alguna vez he amado a alguien, de lo que sí estoy segura es que a ti te amé, de alguna manera lo hice, esa es mi conclusión. No te pido entenderla. No, ni yo misma lo entiendo.
Ya ves que ahora nunca sabrá mis explicaciones, la carta cruje en el fuego y pronto será ceniza.
He pensado mucho en la locura, me he visto luciendo como una loca, he llegado incluso a entender la locura de Cristina la loca del barrio. Cuando era niña me gustaba meterme en su cabeza, perderme en sus divagaciones, pero la locura que yo anhelaba entonces era distinta, una especie de consciencia luminosa, diferente a la de todos, me hacía sentir superior.
Ahora es inutil, supongo, tendremos miedo a la locura, ese miedo que crece luego en tu estómago como si fuera un cachorro de jaguar negro que al crecer te lastima por dentro, sabes que la única manera de sacar el miedo es abriéndote la panza o durmiendo, hasta eso llegaba la locura como un pequeño islote al que acudir cuando el jaguar negro del miedo te lastimara por dentro.
Mi abuela, la madre de mi madre, la madre de mi tía, la abuela de mi prima, Isabela, la abuela que murió luego de saber que Cutberto su marido se había suicidado, tenían años de no vivir juntos pero al menos ella le amaba, y su ausencia terminó por matarla, pienso en ella y muchas veces lo justifico, es decir, que fácil justificar la muerte cuando uno se mete en la cabeza de alguien muerto, muchas veces me metí yo en la cabeza de la abuela, incluso en la cabeza del abuelo que se colgó de su corbata cuando le dijeron que el cáncer de próstata terminaría por matarlo en 3 meses.
A esa locura me refiero, no tanto a la locura de por vida, a esa fugaz que te hace mirar de más. Cuando pienso en esa locura me veo proyectada en el futuro más allá de todo cuanto duele, es fácil la idea de la muerte, es la solución a todo cuanto te puede atrapar, la muerte libera, es el antídoto más efectivo al veneno del amor.
¿Que incongruente el dolor de la vida y su antídoto? La muerte. Te imaginas.
FERNANDO
Una noche anterior a la mañana en que me llamaron para avisar de su “accidente” la soñé como cuando entonces eramos amantes, novios, cómplices todo eso y al mismo tiempo nada, yo había entendido que ella únicamente me había utilizado para salir de la casa de su tía y no me importaba, tampoco era para arrepentirme, fui el primer hombre en su vida pero eso para ella era irrelevante, más bien le interesaban los momentos.
Me avisaron que la habían encontrado en su departamento en estado de coma, se había tomado todos las pastillas para dormir, yo desee que estuviera muerta, cerré los ojos y lo pensé con todas las fuerzas.
—Que esté muerta, que esté muerta.
Sí, estaba muerta, me lo dijo el jóven en la entrada del pequeño cuarto frío cuando fui a reconocerla. Claro que está muerta, si no no estuviera aquí, -con cierta risa contenida-.
No quise verle la cara, revisé en sus pequeños pies desnudos la cicatriz de la espina, (El dedo gordo tenía pendiendo una etiqueta blanca) era ella, cuando el forense levantó la sábana para mostrarme su rostro, cerré los ojos.
Basta, dije, es ella. Yo lo sé.
Qué más da ahora, no existía un remedio para lo que padecía, en realidad se había estado suicidando desde hace años cuando descubrió que la vida es una mierda, que los coches y los regalos de los viejos que seducía no llenaban su vida, que era igual que su prima Valeria, estaba vacía.
La última vez que hablé con ella yo estaba borracho, me hizo subir a su coche y me burlé de todo eso de lo que ella estaba orgullosa, me daba tanta pena que para tener todo lo que quería ella tuviera que prostituirse, me vio con los ojos de antaño y sin decirme nada detuvo la marcha y me pidió con voz firme.
—Bájate, cabrón. Yo me bajé sin dudarlo y le azoté la puerta.
—Al diablo contigo puta, eres igual que mi madre, una puta y terminarás como ella. ¡Putaaaaa! —Le grite en la calle—
Ella se alejó sin siquiera voltear y yo regresé caminando al bar.
Una noche anterior también llegué a verla, esa ocasión hablamos de Bety su compañera de habitación que había sido asesinada un año antes por su amante, también hablamos de aquellos años en que se escapaba de las noches del cuarto para dormir conmigo.
Sólo para sentir el calor de alguien. Me dijo.
Me gustó hacer el amor con alguien como tú, es decir yo nunca soñé como las otras niñas estar enamorada de alguien, vestirme de blanco, casarme para sentir el amor, me gustaba mucho tu forma de caminar con la mochila cruzada en tus hombros, me gustabas como una mujer le gusta un hombre, pero yo era una niña y tú un estudiante sin un pinche peso en la bolsa.
Reímos mucho hasta que le dije que mis planes eran casarme con Beatriz e iniciar otro internado para especializarme en neurología, eso significaba que ya no la vería más en mucho tiempo, quizá ya nunca, luego de los años de la especialidad seguramente no tendría tiempo ni ganas de regresar al bar donde todas las noches Rebeca, la noviecilla de juventud ofrecía sus servicios de puta cara.
A ella le importó un pito la noticia, me dijo que lo único que quería garantizar esa noche era que al irme dejara pagada la cuenta, salí con un amargo sabor de boca pero regresé al día siguiente, lo demás no quiero repetirlo.
Recuerdo de ella la tarde en que dejó de estar en mi habitación. ¿Cómo podría llamarse al acto de escaparse? Me refiero al suyo, lo hizo de una manera tan brutal que dejó mucho tiempo en mí el bochorno de la culpa, llegue a pensar que era responsable de algo, ¿De qué? No lo sé.
Me dolió, claro, pero fue más bien un dolor primordial que me arrebató de un momento a otro de eso que yo sabía iba a terminar por devorarme.
¿Que si la amaba? Intensamente, me pasé noches llorando pero igual no tenía donde buscarla, no supe si se había ido con alguien más, ni siquiera existía algún rastro. Lo que quedó fue una culpa que se fue borrando luego del paso de los días, después me sentí utilizado, había caído en cuenta que ella se trepó en mí como si fuera un escalón a la ventana, una vez a su alcance, voló.
Recuerdo el rehilete de emociones, primero culpa, luego tristeza, todo eso precedido por una rabia seca, me había abandonado, a los 24 años me sentía defraudado y jodido, una niña de 19 había logrado socavar mi entereza, cierto, nunca llegué a entender el alcance de un plan, no cabía en mi cabeza algo así, tardé en aceptarlo.
Me refugié en la escuela.
En 1930 el descubrimiento del DDT habría significado para la humanidad un avance sin precedente en materia de enfermedades, esos científicos de la guerra fría creían que habían dado en el clavo, nunca alcanzaron a sospechar que esa sustancia además provocaría miles de enfermedades degenerativas en los sitios en que se esparcía.
¿Entiendes la paradoja? Rebeca me había liberado del dolor, del fracaso que significaban nuestras vidas, además había heredado en mí la certeza de que jamás amara a nadie como entonces, claro su huída también permitió que me convirtiera en un excelente estudiante de medicina, luego en un doctor, ¿Entiendes la paradoja?
REBECA
Descubrí que coco, mi perra, estaba preñada, me dio rabia haber descuidado eso, de alguna manera sentía que coco sintetizaba mi propia vida, debía entonces seguir igual que yo, tal como mi prima Valeria intentaba amarrarnos a la tía y a mí a su vida miserable, yo hacía lo mismo con coco, pude entender la manera en que Valeria me quería y quería a su propia madre. Así, en la estructura de su miseria, de la amargura poblando sus días.
No le dije a nadie, descubrí al perro de la vecina oliendo los orines de mi puerta, era tal como lo imaginaba, ese Fernando rondando la casa de la Rebeca atrapada, supe entonces que coco se iría de mí, irremediablemente lo haría como yo misma lo hice.
Me ganó la angustia, había una variante en esta historia, los cachorros que sin lugar a dudas vendrían a trastocar nuestras vidas, dejé de ir al bar y de contestar el teléfono, se metió en mi cabeza impedir que nacieran los cachorros del Fernando en la Rebeca que representaba la perra coco, no pude evitarlo, fui a la botica de la esquina y platiqué con el dependiente, él me dijo que existían píldoras para provocar abortos, en los perros y en las personas, le pedí una caja de esas pastillas y él me los vendió casi clandestinamente.
La idea era darle a la coco un pedazo pequeño, y así fue.
Al otro día coco estaba muerta.
Fue terrible para mí.
FERNANDO
¿Qué es la ansiedad? Un conjunto de segundos olvidados por ahí, un montón de pequeños momentos agolpados en uno sólo, decir todas las cosas esas de las que te quieres olvidar pero en un momento que llegan, se atropellan en los ojos y en la mente y te bloquean, entonces mueves los pies y quieres llegar a algún lugar que no sabes, y manoteas y gritas a la gente a tu alrededor como queriendo escapar, a donde no sabes, de donde no sabes.
Déjate de estupideces, nadie puede salvarte de esos segundos de ansiedad, ¿Cuántas veces has divagado en medio de tu adoptada mentalidad de científico incrédulo, incapaz de explicar la actividad eléctrica en el cerebro y la función de los neuroconductores, y la serotonina y las demás chingaderas?
¿No lo sabes? Eres un pendejo, pendejooooo.
Ayer la enterramos, apenas estuvimos algunos cuantos que lo conocimos, sus amigas del bar, el barman homosexual que siempre supo nuestro secreto, pude evitar que arrojaran a la basura el cadáver de coco su perra, pero no pude convencer al panteonero que la enterraran junto a ella, la envolví en un costal y la enterré en el patió de su casa que no era de ella, era de uno de sus mecenas.
Claro que nunca di la cara, estuve en las espaldas de aquellos asistentes mudos.
¿Quién invita a un funeral? ¿Quien te invita al funeral de la mujer que te marcó la vida?
Pensé para sí, como si estuviera parado ante un espejo.
Ojalá el muerto sea yo.
Sí lo era, a punto de casarme por conveniencia con una mujer a la que no amaba, yo era el muerto al que enterrábamos. ¿Entiendes?
