Tampoco podía negarlo, una niña que corría y caía gritando en la playa, su pie izquierdo contra una espina en la arena, años después una preadolescente que lloraba con un hilillo de sangre escurriendo entre sus piernas, aquellos recuerdos dolorosos pervivían latiendo en su memoria, el dolor de aquella herida en el pie y el de su primera menstruación, ambivalentes, sumergidos en el abstracto de su desorden.

A la espina de Rebeca sobrevivió una pequeña molestia que la hizo cojear por meses, su tío el doctor dijo que no era necesario abrir la herida para sacar los fragmentos, esos dolores, le explicó, con el tiempo desaparecerían en uno de aquellos milagros que los médicos entienden como orden natural. El dolor se aleja, su cuerpo absorbería el calcio de la espina, era una niña entonces, nadie le dijo que el otro dolor no, el de convertirse en mujer, ese no se va.

Años después, mientras retozaba desnuda en la habitación de Fernando, le contó mucho de estos recuerdos que ella llamaba “sucios”.

(more…)