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February 18, 2009

Snuff

Filed under: Prosa Dolorosa

Habíamos planeado regresar al edificio antes de que cayera la noche, James conservaba la melodía en que habíamos situado el primer corte, —le mostré el guión y dejé que escuchara el ritmo machacante de los samples que había escogido una noche anterior— repetía el diálogo en su español agringado, a ratos, con la cinta en la cámara regresaba los clips como si quisiera grabarse las imágenes, aprenderse los diálogos de memoria, traducirlos del inglés a su español sucio.

Siempre tuve la sospecha de que esta manera en la que se clavan algunos pasajes en mi mente era la misma sensación, el proceso por el que pasan los fotógrafos y los pintores, tampoco tuve alguna ocasión para sentirme tocado por alguno de esos talentos, yo solo soy el guionista, el director de la película.

Así cuando atrapo alguna escena fotográfica, la belleza queda, la bloqueo en mi mente para que permanezca y permanece, como una instantánea, me puedo pasar todo el día tomando fotografías mentales, ha servido en mi proceso creativo, eso creo, le dije a Albert mi teoría de la imagen detenida, se rió y me dijo —déjate de tonterías y filma porno, eso te hará rico.

Mariel no precisamente tenía que terminar de esa manera, lo sé, al final siempre he odiado las escenas de muerte en las películas, por eso siempre procuro la sangre, el gore, la mirada contaminada y enferma del desquiciado asesino que desmiembra, como un símbolo matar a la audiencia, asesinar a Eros, liberar y exorcizarnos de la masa, todo mundo paga para ver un actor que mata a alguien más, para eso no se necesita tanta música.

James todavía lucía manchas de la sangre falsa en su pantalón corto de mezclilla, y masticaba en silencio algo entre sus dientes mientras sus ojos claros veían algún punto de la cicatriz de herrumbre en la lámina del piso de la camioneta de Albert.

Los gritos de Mariel casi lograban cruzar de la atención al horror de la gente en el parque, cuando el muchacho de los ojos, —uno de un color y el otro de otro—, le pegaba y todos veían y comprendían que era actuación, que era un perfomance, a pesar de que los golpes a la cara de Mariel eran reales.

James se movía con la cámara como un gato alrededor de la escena, y la gente pronto empezaba a estorbar, entonces yo mandaba a alguien que los dispersara, después de todo la escena final sería grabada en el edificio.

Era curioso que a pesar de tener un guión casi nunca estuviera seguro de los causes a los que me llevaría la historia, re-escribía el scrip entre los telones, los cambios de escenario, intercambiaba ideas con el equipo y con los actores, fue la misma Mariel la que me propuso que el personaje sin nombre —el muchacho de los ojos, uno de un color y el otro de otro— la sodomizara en el auto mientras le golpeaba en las nalgas, —Así, fuerte, así— todavía la recuerdo palmeando sus glúteos, mientras yo le decía que estaba de acuerdo con su idea pero que no creyera que grabaríamos la escena explicita.

—Esta no es una de las películas que estás acostumbrada a grabar con los Bang Bros. —Le dije—, ella aceptó.

James siempre tuvo la nota rara en esos días, cuando no estaba jugando con la cámara tenía la mirada perdida, a veces pasaba semanas con la misma ropa, metódicamente se cambiaba los calcetines y los zapatos pero respetaba siempre los pantaloncillos de mezclilla manchados de pintura, sange falsa, era su obsesión.

La noche antes que grabáramos la escena final nos trajo una sorpresa, en el trailer Mariel había logrado escabullirse mientras James se cambiaba, el otro chico sin nombre, el de los ojos —uno de un color y el otro de otro—, había estado teniendo sexo con ella, ella se había dedicado al modelaje de desnudos y al porno duro en lo más sucio de la scene hard de Los Ángeles, en pocas palabras era una puta y le gustaba serlo.

James que había trabajado en el mismo ambiente conocía a Mariel de esos días, fue él quien me propuso incluirla en la película, yo no sabía por ejemplo que ella acosaba a James y que a él le gustaba ver cuando el chico de los ojos le pegaba y la fornicaba sin control.

No estuve ahí en el momento en que sucedió, fue Albert quien me narró el evento, los tres estaban enfermos, James por grabarlo todo, —sostener la cámara y grabar era su respuesta patológica—, Mariel tener sexo a cualquier hora del día, el chico disfrutaba el sadismo, tener el control, procurar dolor y placer.

Esta era la escena casi planeada el chico golpeaba en las mejillas a Mariel mientras ella le hacía sexo oral, James que grababa todo, —fade in, fade out— por un momento un golpe fuera de control logró que de su nariz brotara un chorro de sangre, James enloqueció de pronto, con la cámara aun en una mano golpeaba a Mariel para provocarle más heridas, —trazar panorámicas, barridos y rápidos acercamientos— ella lejos de advertir el peligro se aferró al placer sexual, James la golpeaba con las manos y la pateaba, usaba la cámara para golpearla, hasta que ella desfalleció.

James no se detuvo y continuo grabando y golpeándola en el suelo, el chico desnudo y con el miembro erecto intentaba parar la escena, la cámara grabó todo, cada golpe, cada movimiento.

—La sensación de mareo que provoca en el público la narrativa visual desenfrenada y rápida, se agrava con un montaje frenético de los planos, impide a la mirada centrarse en la acción, crea así en el espectador una angustia a veces insana, contranatura—.

Albert advirtió el escándalo y se precipitó a auxiliar a Mariel, James continuaba fuera de sí, el chico todavía con su erección.

Mariel intentaba levantarse con la cara destrozada por los golpes, Albert inmovilizaba al gringo, el chico no regresaba de su estupor, hasta que llegó la policía y se lo llevaron esposados y desnudos.

Yo nunca estuve ahí, la última escena la rescaté de la cinta, Mariel en el hospital amenazó con demandarme, James fue encarcelado y señalado sospechoso de una veintena de muertes más en la frontera con Estados Unidos. La cámara grabó todo.

Era el final de la película, esa imagen detenida, el rostro y la sangre de ella en mi memoria para siempre. Nunca logré editar nada, —la cinta me fue incautada. —, el movimiento se había detenido, como una foto en mi memoria, la belleza contenida en un instante. No necesitaba más, lo había logrado. Sin entender por qué disfrutaba este final-símbolo, nunca más quise intentar algo que tuviera que ver con cine o vídeo, no sabía que había pasado, de pronto me sentía lleno.

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