Hace tiempo las escucho, sé de su presencia insaciable en la madera de mis muebles, encuentro sus huellas hechas polvo, las sé como se sabe una enfermedad terminal, en el centro del dolor, el sarcoma avanzando al interior del corazón de la madera, invisible, no puedo evitar pensar en el cáncer que se llevó a mi madre, royéndola por dentro, posible en su propio ruido, imagino a mi silla sufriendo el embate de sus pequeñas quijadas volviendo polvo su carne blanca, mi madre devorada por el cáncer en su larga agonía gloriosa de 14 años.
Hace mucho tuve en mis manos un raro libro de cuentos de José Saramago, se llamaba “Casi un objeto” (a fuerzas de tantas mudas de casa, alguno de mis libros han desaparecido), me acuerdo de dos o tres piezas de aquella colección de cuentos, uno de esos narra precisamente la corrupción de una silla, en analogía a una dictadura, la polilla corriendo la silla, derrumbando sus paredes interiores y sus concretas conciencias, esto para que mi memoria traiga alguna referencia literaria a la polilla.
Hoy precisamente, luego de haber dedicado mi tarde rociando mis muebles un insecticida, me encuentro con las polillas culpables de espaldas al piso, tienen aspecto de seres inofensivos pero no lo son, lucen como una especie de catarinas monstruosas, las observo lentamente, la sustancia solo ha logrado adormecerlos pero en un rato se despiertan furiosas dando dentelladas a la cápsula de cristal en las que las he encerrado, parecen feroces y lo son, no puedo evitar relacionarlas con el cáncer de mi madre, me aguanto las ganas de tirarlas al suelo y pisarlas, más raro me resulta que tengan alas.
No me lo hubiera imaginado.
