Hace casi cuatro años María del Rocío, mi madre, falleció. Hace cuatro años todavía la celebramos en el 10 de mayo, seis días después nos decía adiós para siempre, un cáncer terminal contra el que lucho 15 años logró arrebatárnosla.
Suelo hablar muy poco de esos días, una semana antes ella inició su agonía, pasábamos las noches en vela a su lado, vomitaba mucho por las noches y había que estar pendiente, perdió parte de la conciencia y nos reconocía a ratos en los últimos días, una noche antes de que se fuera estuve con ella pasando la noche, intenté abrasarla y con un gesto adusto como cuando se enojaba me dijo en un tono claro "Te voy a pedir un favor, no quiero que me abraces" me dolió mucho porque no sentí que fuera ella la que me hablara, como si fuera alguien más, era el dolor que se había apropiado de ella y la hacía hablar de esa forma, yo solo quería abrasarla y adueñarme de su inquietud quitarle un poco de miedo, no era posible, mi madre, la única persona con la que logré entenderme se había ido, de ella sólo quedaba el dolor y la enfermedad.
Estos días en los que celebramos a las madres a mí me hace más falta que nunca, el pensar que mi hijo está creciendo sin ella, imaginar todo lo que ella hubiera hecho porque su nieto estuviera bien, definitivamente me falta mucho, siempre me faltará.
La recuerdo en sus últimos días, hace cuatro años como un capullo frágil y seco justo como cuando la crísalida abandona su vieja carcasa de materia casi muerta, para convertirse en mariposa, ella sabía todo lo que pasaría por eso prohibió a mi hermana que mis sobrinos la vieran esos días, no permitía que nadie ajeno la viera, quería que sus nietos y sobrinos la recordaran como cuando estaba sana, venció a la muerte en muchos aspectos, nos preparó, habló con nosotros de todo eso, presentía que el dolor la iría alejando poco a poco, sabía que la la iría convirtiendo en una semilla seca.
Eso fue cuando la llevamos a enterrar, una pequeña semilla que una vez plantada en la tierra germinaría en un vistoso árbol de copas enormes cuya sombra nos cubriría, para siempre.

Cómo me gusta pensar en las personas como árboles, pensar que por algún motivo se ha trepado la esencia de las personas a ciertos árboles. De los árboles, prefiero los pirules, porque en la hacienda de mis abuelos había más pirules que gente, gallinas y corderos juntos. En realidad no siempre hubo corderos, aunque sí un caballo que se llamaba Triplillo y unos tres cerdos que yo les daba de comer vísceras o pájaros muertos. Claro que gustaba enfermar a los cerdos, porque los cerdos siempre me parecieron animales oscuros. El caso es que había más pirules que seres vivos en la hacienda, y bajo un pirul enterramos a un tío. Hace poco me decían que era un nogal, pero estoy seguro que era un pirul donde lo enterramos. En realidad me duele un poco ese pirul porque no está frondoso, incluso en algún momento, ya abandonada la hacienda, lo atravezó por centro algún rayo, y entonces el tronco tiene una cavidad muy grande que parece una mordida, una mordida donde perfectamente cabe mi tío, refugiándose a veces del frío o el agua. Es bonito enterrar a los muertos bajo los árboles, lo que duele es que un árbol no puede empacarse y llevarlo a otra casa. Por eso da me gusto cuando veo que algunas personas sí crecen con su árbol, e incluso se dan permiso de abandonarlo un rato y subirse al vuelo de un pájaro.
Comment by Tristán — May 26, 2008 @ 11:22 pm