A todos los que nos envolvió la nostalgia de las revoluciones posibles en nuestra gastada latinoamérica del siglo pasado y que por fatalidad o feliz tropieso también nos envolvía la poesía, (como no), también tuvimos que leer en algún pasaje a Ernesto Cardenal y/o a Roque Daltón el primero de Nicaragua y el último de Salvador.

Ambos son los más grandes poetas revolucionarios que congruentes con su realidad de nación hicieron de su poesía a la vez de panfleto social, arma (cargada de futuro), los fusiles más siniestros en contra de las dictaduras, a Roque Daltón lo mataron en un fusilamento clandestino y tiraron su cuerpo a los perros en un rincón de su patria en donde ahora es considerado un heroe, Ernesto Cardenal recien fue candidato al premio Nobel pero no ganó y denunció que los intereses del poder nicaraguense no le permitieran acceder a este laurel, lo cierto es que Cardenal es uno de las glorias vivas de la poesía.

De Cardenal uno puede recordar una docena de versos tiernos y enamorados como aquel de Al perderte yo a ti, tu y y hemos perdido o el de “Oración para Marilyn Monroe” pero su poesía más vigorosa es aquella que dedicó a la muerte de heroes locales cuyos nombres se volvieron inmortales en las letras de este sacerdote-poeta.

Uno de estos poemas quiero recordar (Epitafio para la tumba de Adolfo Báez Bone) por ser uno que me hace sentir terremotos en la memoria. No porque me identifique filia con el general muerto (asesinado por el dictador Somosa luego de la sublevación del 54), si no porque es una prueba viva de que la poesía es una canasta de símbolos y que no importan los nombres o que para el caso todo mundo tendrá un nombre que poner a las injusticias y que a cada uno nos duele alguien que nos han matado y enterrado como a Adolfo Báez Bone.


Epitafio para la tumba de Adolfo Báez Bone

Te mataron y no
nos dijieron donde
enterraron su cuerpo,

Pero desde entonces
todo el territorio
es tu sepulcro

o más bien;
en cada palmo
de territorio nacional
en que

no está tu cuerpo
tú resucitaste

Creyeron que te
mataban con una orden
de ¡fuego!

Creyeron que te
enterraban

Y lo que hacían
era enterrar una semilla.

Otro de sus poemas más famosos Oración por Marilyn Monroe