Por Raúl Ríos Trujillo

A los 8 años Martín pensaba que la ciudad era apenas aquellos barrios contiguos al suyo, un imaginario camino de hormigas rojas con cuestas de migajas y trozos de hojas rumbo al cerro Mactumatzá.

Veinticuatro años después él mismo me cuenta, dice que hasta la plaza de toros llegaba el  límite de su barrio San Francisco, era un Tuxtla distinto y nuevo, solía caminar con sus amigos hasta la novena norte a donde apenas rondaban algunos coches de orillada.

Mientras caminaba con los niños de su edad iban nombrando elementos de las calles hasta la iglesia de San francisco, el tío chema remendando butacas con trozos de cuero o artificios de lazo y caña-maíz antes de llegar a lo que ahora es la doce sur, más allá, doña choni sacrificando algún cerdo por la tarde, o la tía del Manuel que salía a caminar por las calles esperando a que un Impala amarillo le abriera la puerta derecha cerca de las ocho.

No llegaba a mucho, algún viaje al centro de la ciudad que no era más que un puñado de edificios de la estatura del Hotel Humberto apiñados en torno al Parque central, la catedral majestuosa y un montón de gente caminando alrededor de las dos secciones del centro, al norte para los pobres y al sur para los ricos.

En una de esas paredes desnudas, de la mano de su madre, leyó con sus pocas letras el anuncio de Lucha Libre. Era el Santo y otros pares de técnicos y rudos en la plaza de toros, una magnifica entrada.

Esa noche no pudo dormir pensando en el viernes a las siete, -todavía cuando cuenta la aventura entrecierra los ojos-. No fue fácil, no tenía dinero, su padre había abandonado la casa y apenas dejado unos tostones para comprar chicles, los hermanos también eran demasiados y su madre muy pobre.

Llegó el viernes, así paciente como era, se escapo de su madre corriendo furtivo hasta llegar a la plaza de toros, esperó una oportunidad para entrar al portazo. Como a las diez de la noche se dio el chance, era la última lucha y el boletero había ya abandonado su puesto.

Entró gateando entre las piernas de los parroquianos, justo cuando se escuchaba la última campana, corrió entre la multitud que escoltaba al ídolo, no podía fallar en su intento, su mente estaba extasiada, poblada de memorables batallas del enmascarado de plata en contra de cualquier adversario extraterreste, humano o zombie, ver al Santo era su más anhelado sueño.

Unas horas antes había guardado en un pañuelo el luchador de plástico rosa que le habría regalado su mejor amigo, el muñeco había sido pintado de colores rojos pero él decía que eran manchas de sangre sobre la plateada máscara del Santo.

Mientras forcejeaba en la multitud sentía el pequeño bulto en su pantalón, pasos antes de alcanzar al enmascarado un pisotón le quitó el zapato izquierdo, no se detuvo, siguió arrebatado hasta llegar metros antes del coloso.

Tocó la espalda del Santo, lo hizo varias veces mientras pudo, sintió la humedad en la piel del luchador y el chasqueo del sudor en contra de su pequeña mano, tuvo miles de sensaciones, El Santo nunca volteó para responder por el saludo, continuó caminando hasta perderse en la puerta de un camerino pequeño para la estatura del gigante.

La gente empezó a marcharse y Martín tardó un poco más en la puerta, se veía la mano mojada aun con el sudor del luchador y sentía ser, ahora él, el protagonista de una aventura.

El camino de regreso a casa es un detalle -me cuenta- que no recuerda, sólo que no fue fácil caminar sin un zapato hasta la última cuadra de San Francisco, -sonríe-.

Eran cerca de las doce en la puerta de su casa, una tenue llovizna iniciaba. Mientras lo dice, todavía concentra la mirada en la mano derecha como si contemplara el sudor del ídolo.

No olvida nada, la expresión enfadada de su madre al abrirle la puerta con un cinturón en la mano, algún surco de cicatriz tierna en la espalda, no se olvida de nada que importe o que enriquezca el recuerdo de esa noche.

La noche que conoció al Santo.