Un amigo periodista uruguayo me mandó este cuento que a la par de gustarme le prometí publicarlo aca, buena historia, muy verosimil, a cuantos no nos ha pasado ya.

Esa noche, Honorato no durmió como todos los días. Llevó libros y revistas a la cama, dejó el bolso pronto antes de irse a acostar. Puso el despertador para las seis pero se despertó a las tres y media. Caminó en la oscuridad, por la ruta conocida de memoria. Esquivó la mesa del comedor, la comida del gato y la mesita del teléfono. Al pasar frente a la heladera se sirvió un vaso de agua y volvió a oscuras. La segunda vez, a las cuatro y media, leyó durante una hora.
A las seis en punto, la campana lo hizo saltar de la cama. Medio dormido, recogió cuatro o cinco papeles, tomó un vaso de yogurt y salió hacia la parada. La mañana estaba hermosa y al pasar por el quiosco policial saludó al milico, un sargento retirado, campechano, que conversaba hasta por los codos. Se sintió alegre. Ese día volvía de la licencia y por la tarde empezaría en un segundo empleo. Se sorprendió al encontrar cerrada la panadería del barrio. Siguió hasta la parada anterior ya que aún tenía tiempo. Al tomar el ómnibus, sintió que la gente era buena, el conductor estaba de buen talante. Al entrar en la oficina, subió las escaleras de dos en dos, saludó a un par de compañeros y puso la tarjeta en el reloj. Fue allí donde se dio cuenta: había marcado dos horas antes de su entrada.

Miguel Kertes – febrero 2006.