En la fachada frontal de mi edificio se dibujan sombras de árboles en un “in cressendo” líquido de luz lanzada desde las farolas de los coches.

Esa es la imagen.

El rumor es otro asunto.

Lo medito como en cine, la fotografía es perfecta, habría que ensamblarla con el sonido perfecto.

Pero llega.

El ruido de los motores y las llantas embaladas sobre el asfalto no altera el silencio de la noche, son parte vertebral de ese mismo silencio.

¡Maldita sea!

¿Se puede apagar por un momento esta voz dentro?