En memoria del pequeño y con fuerza y abrazos para Anya y Fernando
Algunas veces los mensajes llegan como en un idioma desconocido, uno suele verlos pasar o situarse en el centro de nuestros mundos.
Fernando tuvo la sensación sutil que la comisura de su mirada se inundaba de pronto de una lluvia dulce y transparente, era una mañana del peor verano de sus últimos treinta y un años, también eran los primeros meses de casado con Anya, a esas alturas del día sabía que era tarde para el trabajo sin embargo estaba feliz por algo que no reconocía como propio, vio a su mujer acostada entre blancas sábanas y entonces lo supo, Fernando lo supo antes que ella, siempre lo supo a decir verdad, tuvo la sensación de haber registrado en sueños alguna emoción tal como el de una ansiedad seca, una prisa por vivir. Siempre insistiré, no por reproche a nada ni siquiera por alguna otra razón, Fernando lo supo antes, pareció transmitirmelo en un encuentro ocasional.
-Anya está embarazada hermano-
Recuerdo el momento porque mi esposa entraba a los ocho meses de gestación de nuestro hijo cuando tuvimos la plática momentánea en una plaza comercial, sentí sus palabras tan claras entonces, lo medité por algunos momentos y asentí sin decírselo, yo sabía que él adivinó como en sueños la llegada de su bebé.
-Felicidades hombre, bienvenido al club-
Anya vestía un jumper mezclilla y a sus tres meses un pequeño bulto se hacía notar como provocando silencios en medio del bullicio, la sonrisa de Fernando inundaba el ámbito limpio de luz arrollando los acrílicos transparentes en el techo de la plaza, nunca lo dudé ni un momento, yo mismo estaba feliz y aterrado por la llegada del destino.
En alguno de sus textos Oscar Wilde escribió que la vida para algunas personas se detiene por años y corre impávida en ciertos segundos de dicha, el nacimiento de un hijo es uno de esos momentos en que la vida le paga a uno los años de estatismo.
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El día en que supe que un parto prematuro había sorprendido a Anya en su sexto mes de embarazo fui a visitarlos a ambos al hospital, me encontré con la sorpresa que el niño estaba a salvo pero tendría que superar la prueba de madurar sus pulmones en una incubadora por algunas semanas. Hablé con Fernando y le dije que había que estar preparado para cualquier encuentro con la vida, él parecía esperanzado, había recorrido la ciudad buscando un medicamento que al final pudo encontrar, lo sentí platicando intempestivo el traslado de su pequeño (de un kilo cien gramos de peso) a un centro especializado en cuidados postnatales, lo vi con diez años más, adiviné los segundos rápidos de la vida detenida corriendo en esos momentos.Fernando tuvo tiempo de abrazar a su pequeño hijo, estrecharlo con cuidado, admirar sus pequeñas manos y compararlas con las suyas, sus años dormidos corrieron aprisa en su cara y en su cabello por esos ilimitados segundos, lo que siguió no puedo imaginarlo, me pareció verlo en el hospital sentado cogiéndose a mechones los cabellos con rabia, muchos lo vieron entre mujeres vestidas de higiénicos uniformes blancos y entre calvos cirujanos en pasillos fríos y extensos vigilando la respiración de su pequeño.
Ahora mismo mientras escribo estas líneas torpes no puedo evitar recordar nuestras voces en mi departamento durante su visita para conocer a mi hijo semanas antes, hablamos de lo que estabamos sintiendo mi esposa y yo en esos momentos, de la certeza de los gritos del recién nacido en la casa, Anya con un poco más de cuatro meses de embarazo recibió las impresiones de mi mujer, parecía temerosa y valiente, Fernando estaba confiado, siempre insistiré, él supo todo antes de ocurrir.
Y ocurrió.
El pequeño no soportó el peso del aire y sus diminutos órganos fueron débiles para soportar la vida, el bebé se fue de las manos de los doctores y de Fernando que estuvo con él desde sus primeros segundos hasta el último de sus alientos.
Ahora incluso dudo mucho que el mensaje de la vida sea tan claro como la lluvia que pareció prevenir al padre de todo lo que ocurriría en segundos, y sin embargo hasta el dolor es un regalo divino y suele ser siempre limpio en sus líneas.
Ahora lo veo, el pequeño vivió pocos días pero disfrutó el calor de alguien que lo ha esperado toda la vida y Fernando tuvo el glorioso regalo de sentirlo vivo en sus brazos como el padre más dichoso del mundo, por algunos pocos segundos. No importa cuantos fueran, él lo sabe.
No importa.
