/no concibo la razón
un árbol de frutas transparentes.
RR. (Círculo de Navegaciones a la lluvia que Retorna, 1999)
RR. (Círculo de Navegaciones a la lluvia que Retorna, 1999)

RR (2004)
La vuelta al código, ahora en cine

El fenómeno que despertó la publicación del libro del Código da Vinci de Dan Brown hace dos años provocó entre algunas cosas más un creciente interés público por los temas gnósticos y de ocultismo, casi es seguro que las logias masónicas y grupos de gnosis se han visto abarrotadas por jóvenes interesados en estos temas que antes estaba un poco en lo oculto. Todo movido por la fuerza del marketing y el gran complot que hizo de este Bestseller el gran suceso editorial de los últimos tiempos (luego de Harry Potter que puso a los niños a leer, claro).
El post del comentario que escribí a fines del año pasado en este blog tuvo tanto éxito que tuve que habilitar un área de descargas aquí mismo para dejar el libro en formato pdf toda vez que los mails pidiéndomelo me abarrotaban el casillero de gmail, hoy viene otra novedad.
Desde hace algunos meses se había rumorado que Sony Pictures se encontraba en tratos para realizar la película, el pasado fin de semana por fin se hizo pública una página en el cual se corren algunas dudas sobre tan controvertida película, bien pues ahora sabemos que en la cinta participarán Jean Reno (Ríos de Color Púrpura, Azul Profundo, etc) y Tom Hanks entre otras luminarias del Hollywood, no me queda claro quien será el director pero ya hay fecha de estreno, les dejo el vínculo donde podrán ver el trailer (que muy espectacular no es). Esta película vendrá a ponerle más pimienta a este guisado que ya volvió millonarios a algunos.
Me encontré con esta excelente ilustración para un poema que escribí hace 3 años.

Necesidad y virtud de la coprofagia

Hace algunos años —creo que durante la época de lluvias de 1952— me encontraba yo ocupado en preparar una memoria acerca de las leyes arancelarias mexicanas durante el periodo de la Reforma. Con este objeto me dirigía yo todos los domingos al mercado de La Lagunilla en busca de viejas colecciones de leyes. Debo decir que a veces hice descubrimientos interesantísimos. Entre ellos esta pequeña memoria que encontré dentro de un volumen intitulado Tasas y Aranceles, publicado por la Diputación del “Libre y Soberano Estado de Oaxaca” en 1862. Ignoro por completo la identidad de su autor. Las cuartillas en que fue escrita llevan membrete del Hotel Chula Vista de Cuernavaca. La caligrafía es firme, de rasgos redondeados, poco común en México. Este escrito ha sido redactado en un castellano correcto aunque llaman la atención ciertos arcaísmos y el uso frecuente de la k en lugar de la c y de la q. Este dato me hace atribuirla a algún judío sefaradita. He tomado la libertad de corregir el texto de acuerdo a la grafía actual.
S.E.
Debo confesar que la primera vez que la probé no me gustó. Pero entonces era yo muy joven. La vanidad de mi propia digestión me impidió, durante muchos años gozar de lo ya digerido. No fue sino después de mi abjuración solemne —acto que me dio la sensación de haber entrado en el pleno uso de la razón— que un día en que me encontraba leyendo Les Annals de la Coprofagie Pendant le IIeme Empire de Sadoch, que la semblanza de Arthur Rimbaud que allí se hace me lanzó a esta apasionante aventura de la que tan violentos placeres he derivado durante muchos años. Pensaba por entonces que esta actividad era, en cierto modo, un método artificial de inspiración poética.
Soy tal vez el primer hombre que, a través de estas líneas inspiradas tan sólo por el sentimiento generoso de compartir con mis semejantes mi propia riqueza— este maravilloso sistema de vid—, transporta una costumbre secular, arraigada en las más profundas simientes de las tendencias atávicas del hombre, al escenario de la luz pública. Pues no obstante los velos que una mal entendida higiene ha querido extender sobre esta maravillosa práctica, ¿quién, en la cotidiana expulsión de la Gran Substancia, no se han sentido atraído por su forma, color, olor y textura? Hubo quien, según nos cuenta Vlaminck en su colección de semblanzas, emocionado por la excelsitud de esta materia, quiso elevarla a la esfera del arte formulando una teoría pictórica denominada “caquisme”. ¿Y no fue la mera enunciación de la palabra que la significa la que permitió al General Cambron escribir una de las más gloriosas páginas de la historia de Francia? Y por si esto no bastara, ¿quién ignora que en Francia, reducto inexpugnable del esprit, la fórmula que sirve para desear ventura, la palabra que encierra la significación última de la solidaridad humana, es precisamente, ¡merde!?
No obstante esto, los hombres han querido denigrar el alto sentido de esta práctica aplicando su nombre a los críticos de arte y a los malos poetas: “¡come…s!”, dicen, como si tal apelación fuera un insulto.
Ahora pasemos a los hechos.
Un día, encontrádome en una reunión en casa de la Princesa Paleologo en Roma, se aproximó a mí un joven elegante. Yo me encontraba en esos momentos contemplando con atención minuciosa una miniatura sobre la cual había llamado mi atención la propia princesa unos minutos antes. Estaba realizada de una manera sumaria sobre una pequeña placa de marfil y representaba a Arthur Rimbaud a la edad de dieciséis años. El mérito pictórico era escaso. Sin embargo hubo una circunstancia que atrajo poderosamente mi atención que nos fue señalada, algunos instantes después, a mí y a la joven elegante que se me había unido, por la sonrisa maliciosa de la propia princesa. “Ah, mes chers, nos dijo sonriendo, en realité c´est un tout petit rien, mais on dit que c´était dessiné par Rimbaud lui-même pour en faire cadeau à Verlaine, avec une substance que je n´ose pas nommer…” Dado el color de la extraña tinta de Rimbaud, el sentido de las palabras de la princesa era un equívoco. El autorretrato había sido pintado con excremento.
Para entonces ya había yo leído Les Annales y este retrato de Rimbaud vino a corroborar la imagen, coprofágica ciertamente, que había yo deducido —sobre todo después de la lectura de la maravillosa biografía de Verlaine de Francois Porche— de Satán Adolescente.
Aquella misma noche, en compañía de mis jóvenes amigos romanos lo intenté por primera vez. Los resultados fueron lamentables. Violentos vómitos, náuseas rebeldes y una persistencia en el aliento del oloroso gusto de los excrementos nos asediaron durante muchos días.
Yo por mi parte, sin embargo, no había decidido claudicar. Y cuál no sería mi sorpresa el día en que, algunos meses más tarde, encontré por casualidad —si la memoria de aquella época no me traiciona creo que fue una tarde de otoño, en una de las terrazas del Campidoglio que dan hacia el Foro— el joven elegante en compañía del cual había yo escrutado la miniatura de Rimbaud. El crepúsculo romano, todo incendiado de oro y de púrpura era propicio a las confidencias. Mi joven amigo me relató cómo después de aquella velada había hecho el mismo intento que yo, sólo que con resultados mucho más halagüeños. Según recuerdo creo que lo había intentado con un complemento de pan y salami: “… salame e panini”, me dijo con acento romano. Como quiera que sea había salido victorioso de su primera prueba y para entonces se encontraba en vías de realizar una práctica consuetudinaria sin el menor trastorno. Actualmente es un poeta de mérito. Creo que inclusive el comité literario que preside la Principesca Gaetani en Vía delle Botteghe Oscure lo ha propuesto en repetidas ocasiones para el Premio Nobel. Esto es importante tenerlo en cuenta pues grande sería la sorpresa de muchos si de pronto fueran revelados al mundo los nombres de todos los hombres ilustres en las ciencias y en las artes que derivan si no todo, sí parte de su genio de esta práctica a la que el primero que le dio el carácter que tiene la inspiración poética fue el autor de la miniatura de la Princesa Paleologo. Esto sin contar, por supuesto, el sentido profundamente económico de las consecuencias que acarrearía esta práctica una vez que se haya generalizado. Tal vez, inclusive, llegará el día en que la Organización de las Naciones Unidas, mediante la creación de un organismo pantónomo, haga llegar a todos los confines del mundo los beneficios de esta práctica que por ahora, es de lamentar, cuenta entre sus adeptos a espíritus selectos y emancipados. ¡Qué bello será el día en que los negros de Basutoland y los indios del Mezquital puedan, con una ración inicial, nutrirse indefinidamente! Pues tal es el sentido que este ejercicio puede tener para la economía mundial. Digamos por lo tanto que la coprofagia es, fundamentalmente, una práctica antimalthusiana. Y en efecto…
El día 26 de julio de 1940 fui arrestado en Vienna por la Geheimstatpolizei. Estaba yo comiendo en un famoso restaurant de Franziskanerplatz. Doy a continuación el menú pormenorizado:
Le Caviar Romanoff Molossol (eran los tiempos del Pacto)
Le Saumon Fumé Narvik (se conmemoraba aquí la hazaña de la Flota Alemana en Noruega)
Le Potage à la Creme d´Endives (Francia acababa de caer y yo pensaba en las hortalizas de mi tía en Ivry-sur-Seine)
Le Grand Steak au Citron et aux Fines Herbes (sólo en A la Marechale de Coconasse de Place des Vosges lo he vuelto a comer tan bueno)
Les Asperges à la Sauce de Moutarde Tendre (seguramente una alusión velada al poderío británico o a la V-2 que el Dr. von Braun preparaba en Peenemunde)
Les Fromages Assortis (sobre todo Limburgo y Provolone)
La Bombe Glacé Napoleon (esto, sin duda, aludía a la desbandada de los ejércitos del General Weygand).
El Sturmabteilung, afortunadamente, después de los quesos, salvándome, por así decirlo, del bombardeo napoléonico. Después de pasar una noche en la Komandatur de Freudelosegasse fui despachado en compañía de algunos empleados de la casa Rotchild de Viena a quienes la debacle había tomado desapercibidos para huir a Londres o a Nueva York, al campo de concentración de Auschwitz en Polonia. Al abrigo del lema “Arbeit macht Frei” permanecí allí hasta que el campo fue liberado por las avanzadas del Ejército Rojo que se dirigían a toda prisa a Berlín al mando del Mariscal Konev cuatro años más tarde. Durante esos cuatro años nunca sufrí de hambre o del nefando Durchfal gracias a la excelente comida que había yo ingerido aquel último día de mi libertad.* Ese mismo menú me fue suministrado durante cerca de 1,500 días, dos veces al día sin que jamás me llegara a hartar, pues mediante procesos digestivos a los que sometía yo diariamente mi comida del Franziskaner los alimentos se iban quintaesenciando poco a poco. Después de tres años de someter, digamos el salmón de Narvik, a la acción disociativa de los ácidos digestivos, éste se sintetiza hasta convertirse en un producto cristalino que tiene la apariencia de la sal común pero que milagrosamente conserva, por lo que al gusto respecta, todas las características primitivas, cada vez más activadas.
Desgraciadamente este proceso de cristalización comporta a su vez otro proceso de aglutinación y cohesión mediante el cual los cristales se van haciendo cada vez más grandes y más duros en progresión geométrica. Sin embargo, esto no acontece sino después de haber sometido la materia inicial a aproximadamente 2,500 redigestiones. Existen organismos, más refinados o de mujeres jóvenes, o de personas que sufren de estrechez rectal o intestinal, para quienes la obtención de cristales cópricos se vuelve intolerable al cabo de un año, o sea después de aproximadamente 700 digestiones. No obstante, tengamos en cuentas que estos son casos atípicos. Hay que tener en cuenta que las circunstancias particulares que determinan la existencia de un campo de concentración —la abstinencia sexual principalmente— permiten elevar considerablemente el número de redigestiones. Tal vez ese fue mi propio caso. Aunque hay que tener en cuenta tres de los casos citados por Dasoch en su excelente obra:
1) —En 1864 el Sr. Charles B., coprófago aficionado de París, logró producir el único ejemplar que se conoce del cristal llamado salmonita. Esta muestra se conserva en la colección de ejemplares minerales y cristalografía del Instituto de Francia. Fue producida mediante la redigestión de una libra de salmón 3, 124 veces. El Sr. B., murió, sin embargo, y según los dictámenes médicos, a consecuencia de una descompensación de las funciones intestinales. La salmonita es un pequeño cristal de color rosado que pesa aproximadamente un gramo. Tuve oportunidad de verlo, en compañía del Doctor Carrel, en 1923.
2) —En 1870 el Profesor Durand de la Facultad de Ciencias de Lyon, produjo, después de digerir dos veces diarias durante 15 años el detritus de un kilo de carbón minera, un diamante puro que pesaba 8/10 de kilate. A la época de publicación del libro de Sadoch (1904) este diamante había sido adquirido por la Asociación de Lapidarios de Amsterdam para ser donado a la Universidad de Utrecht en cuyo Museo de Patología Interna aún hoy puede verse.
3) —El cabo Rousseleau, de la fuerza expedicionaria francesa en México, relató a Sadoch que un indio mexicano, mediante sucesivas digestiones diarias durante cinco años de una libra de oropéndula logró disociar y sintetizar fisiológicamente los dos elementos que componían la materia primitiva y produjo así aproximadamente 50 gramos de óxido de pendolio y 3 kilates de oro puro de ley. Hay que tener en cuenta que en México cualquier cosa es posible.
Mis propias experiencias nunca fueron tan felices ni tan notorias. El producto de mi comida en el Franziskaner —un pequeño guijarro de color verdoso jaspeado— que vendí a un soldado ruso poco después de la liberación, no ascendió más que a dos rublos (emisión del ejército soviético), diez cigarrillos marca Kazbek y un pedazo de pan duro.
Que sirva lo anterior para ilustrar las posibilidades industriales y económicas del procedimiento que estamos tratando. Yo por mi parte considero que no es necesario llegar a tales extremos. Hay entre nosotros quienes propugnan una ingestión acumulativa. A este procedimiento corresponden las experiencias citadas más arriba. Otros, que podríamos llamar el ala izquierda, propugnan una renovación constante, es decir, que les basta una sola reingestión del mismo producto.
En México, donde la práctica ha cobrado gran impulso últimamente, ha surgido una nueva facción cuyos precedentes se encuentran ya aisladamente desde el siglo XIII según el libro de Sadoch, pero que en estas latitudes resultan completamente novedosos. Los viejos maestros no dejan de verla con cierto recelo. Pertenece a la sección radical y propugna una ingestión única pero de materia cóprica ajena. Algunos, más extremistas, prefieren la de prostitutas y ladrones.
Por ahora es difícil afirmar con certeza el desarrollo eventual de la coprofagia en el mundo. Lo cierto es que ha alcanzado un gran desarrollo pues según estadísticas de la FAO de cada 25 personas en el mundo una come caca. Estadísticas particularizadas para cada país arrojan una primacía ex aequo a dos grandes potencias. Es de esperarse que México no tardará en ocupar un lugar prominente entre ellas.
* Ahora que han pasado tantos años me complace pensar, además, que debido a la violencia natural de la irrupción de las tropas de asalto me fui sin pagar.
Elizondo. Autor de Elsinore. Editorial El Equilibrista, México, 1988
Sueño:
Que te sostengo
Que eres como aquel árbol grande
desde donde salto.
R.R (círculo de Navegaciones a la lluvia que retorna 2003)
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Hace algunos años durante la investigación de una tesis para el archivo muerto me adentré en el mundo de la fotografía, el resultado fue un texto que jamás verá la luz y que guardo en el desván, lo que más recuerdo de este pasaje son algunas citas elementales que |
“Con la perspectiva histórica adquirida a estas alturas del milenio, parece incuestionable afirmar que la imagen fotográfica ha conseguido alterar substancialmente nuestra imagen actual del mundo. Somos concientes por tanto, de que nuestra percepción visual y conceptual de las cosas que nos rodean resulta radicalmente distinta a la de la sociedad prefotográfica de principios del XIX”
En estas regiones no puedo evitar reflexionar sobre el misterio en el que se visualizaban los antiguos hombres y mujeres de la era prefotográfica, como se veían en sueños o en recuerdos, cuáles eran sus imágenes, seguramente muy distintas a las tecnicolor que poblaron nuestros sueños o los sueños de nuestros hijos que casi seguro incluyen efectos especiales o pixeles tridimensionales a manera de imágenes de Xbox. O más aún cómo soñaban nuestras abuelas del cine mudo, las de la fotografía en color sepia.
Otro de mis epígrafes favoritos es de René Descartes:
“No describimos el mundo que vemos, vemos el mundo que podemos describir”
Y así pudiera deshojar la noche entre epígrafes gratos sobre el arte de la fotografía, entre algunos de mis fotógrafos favoritos está Sebastiao Salgado autor de la foto en el head de este post, Pedro Valtierra o Joan Fontcuberta por iconoclasta.
Sobre la fotografía hay una anécdota digna de recordar, el poeta maldito Charles Baudeliere se indignó de manera alarmante ante la invasión de retratistas en la francia de principios del siglo XIX, en su cólera llegó a nombrar a la fotografía como “arte para flojos” o “violación a las leyes naturales” no sabía él que una de las imágenes más representativas del coloidón y la fotografía primitiva sería un retrato de su propia sonrisa enferma antes de morir de sífilis.

Una cita más que fue escrita antes del invento fotográfico y que sin embargo define la fotografía en su totalidad.

Anaïs Nin